Y a menudo me pregunto por qué le escribo. Por qué a el.
Y es que le miro y veo, dos lunas llenas tan inmensas en sus ojos. Sin fondo.
Su semblante siempre firme, tenaz, con ese deje de melancolía que lleva en sus labios al dar una media sonrisa.
La manera en la que guarda sus manos en los bolsillos traseros, o cuando mete los pies hacia dentro al andar.
Esa mirada que desconcierta, esa que tiene cuando esta callado. Cuando observa. Nadie se haría una idea de lo que pìensa.
Entonces toma mi mano en la suya y ríe por lo bajo al notar la diferencia de tamaño.
Cuando me mira tanto, que sospecho de si me mira a mi. Y yo acabo riendo por la desesperación.
"Sí mi amor, te miro a ti." Dice. El café se me atraganta.
¿Cómo de loco puede acabar un hombre por su musa? ¿Y la mujer? ¿Cómo de perturbados pueden terminar?
De él aprendí a amar. De el aprendí la picardía, aprendí a ver más allá de lo que mis ojos me podían mostrar. Me enseñó a ver la vida de una manera bizarra pero divertida. Loca, apasionada y joven.
Y entonces me paro a pensar...y recuerdo las cosas que me hace sentir. Despierto con la cara lavada y él me mira de nuevo, sonríe, y me besa el mentón. Y esto se repite cada mañana, a las 6:45 y decido hacer café.
Todos los días.
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