Él no es corriente, como otros.
Él tiene algo. El alma entre sus pestañas, los gritos de su mirada. Su semblante que no deja la pose firme. Que parece indiferente, pero esta alerta de todo.
Que mira de reojo y deliberadamente, porque sabe que es provocador. No debería jugar con fuego.
Cuando lleva el cabello descuidado, y la barba de unas semanas. Sólo entonces, es hombre.
Sólo cuando me agarra sin cordura, me lleva por el camino de la aventura. Me prende cual carta de amor, me pierde con sus suspiros, sellados por todo mi cuello. Me toca como si sus manos fueran pinceles y yo su cuadro, cómo de enajenados nos quedamos, cuando la pintura acaba derramada por el cuarto.
El desenfreno se me presentó con su nombre. Él es desordenado, yo soy muy despistada. Ambos somos el desastre natural que todo científico evita, y no podemos negarlo.
Aprendimos a amarnos sin que los vecinos supieran de ello. Un logro hecho, y más que nos quedan para derrumbar.
Hoy le tengo, y no quiero perderle. Es un hombre, un hombre de esos que no quedan. De esos que tienen fuego en sus ojos, y te arden las pupilas cuando le miras, pero aún, sigues pegada a el. Es la droga infinita, el frío que perdura, el hielo en los charcos cuando estamos en diciembre.
Es el hombre de mis vidas, no sólo de esta, si no de todas las que viviría. Y le amo en exceso ilimitado.

